Cine

Extasiados en este infierno

Cambio de planes. El tráfico demoró la llegada del director Luis Ortega a la premiére de su sexta película y, a sala llena, el cine El Cairo no quiso esperar para proyectar  Lulú. 

El director Luis Ortega asistió a la proyección de Lulú en El Cairo.

El director Luis Ortega asistió a la proyección de Lulú en El Cairo.

Por Mariana García – Un juego de letras que hace referencia a sus dos protagonistas que tiene personajes marginales, Ludmila (Ailín Salas) y Lucas (Nahuel Perez Biscayart). La película se compone de una balada en tres actos y provoca sensaciones ambiguas. Salvaje, marginal, sórdida, pero de amor al fin. La joven pareja  vive  en una casita de Parque Thays. Ambos, dentro de sus  universos urbanos, llevan el día a día a cuestas y subsisten como pueden: él recoge cebo y desechos de animales muertos de las carnicerías de la ciudad de Buenos Aires,  en un camión conducido por Hueso (Daniel Melingo), chofer de día y músico dark de noche. Ella anda en una silla de ruedas porque sí. La usa bien por diversión, para pedir dinero o quizás para recordar que alguna vez la necesito. Se sabe más de la familia de ella. “Faltaron un par de billetes para filmar más partes del guion”, confesó Ortega. De todas formas el final estuvo a la altura de las emociones del director.

La película tardó tres años en rodarse, se hizo entre pocas personas y con poco presupuesto. Forma parte de la etapa de cine sin dinero y dejo tantas deudas que no fue casualidad que Luis Ortega haya dirigido y guionado Historia de un clan. Superada la cáscara de lo formal, lo que mueve al cine es el amor. Un amor que se comprueba  sumergido en realidades complicadas, eso es lo que ocurre durante 84 minutos. Se refleja una rebelión efímera, un desafío no menor, la recuperación del bochinche y la necesidad de celebrar en un paisaje estructurado en la violencia. Quizás sea por eso que los tiros al aire que ejecuta Lucas son más parecidos a descorchar  un champagne que a tener un arma y usarla para ejercer violencia. Porque tomar un arma y usarla de otro modo también es una manera de expresarse.

El empeño del director se combina con la necesidad y la pasión por indagar en las historias populares, en recorrer y registrar los ámbitos sociales erigidos sobre la difusa triple frontera de la pobreza, la miseria y la sordidez. Una imagen que impresiona puede terminar en película. La música es sublime. Manal, Melingo, Liliana Herrero, Billy Bong, toda música de los 70 donde se estaba un poco más experimentado en la calle y menos en la computadora. Referentes emocionales para el director y un refugio en su desastre.

Hay algo que importa más que el cine y es la vida, las personas. El cine, si no trasciende el cine, no vale nada. “En memoria a Miguel Ángel Castillo”, dice en los créditos. El personaje “El muerto” fue un linyera célebre en el barrio de Abasto y Belgrano. “Castillo era ese ideal que se alcanza con el alcohol y que todos quisiéramos alcanzar sin eso”, dijo Luis Ortega. El desapego a la vida prefabricada, “él era un tipo que despreciaba pacíficamente cualquier tipo de farsa y engaño”. “Falleció después de filmar el rodaje”, dijo y explicó que le dedico la película a Miguel Ángel Castillo porque le dio todo.

La vida no deja de ser maravillosa. Vivimos en un aislamiento muy grande donde es muy difícil que el otro te guiñe un ojo. Un desamparo buscado y una búsqueda de libertad. Inventar un mundo es la única manera de salirse con la suya. Pero la libertad tiene consecuencias. Hay cosas que suceden en las películas, la realidad es un sueño más complejo.

 

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