Estilo de vida

En busca de un clásico

Lupa Wines es un reflejo de la corriente argentina de vinos de garaje que no para de producir nuevas etiquetas y gana consumidores por su calidad y originalidad. Juan Pablo Lupiañez, su mentor, sueña con que se transforme un clásico.

 

Por Fernando Garello – “Comencé en el año 2009 en la cochera de mi casa fermentando el vino que elaboré con uvas provenientes de una finca familiar ubicada en el Paraje Altamira, gracias a la ayuda de amigos enólogos e ingenieros agrónomos. Al año siguiente la producción pasó de una a diez barricas y hoy se aproxima al medio centenar”, relató Juan Pablo Lupiañez, un exponente cabal de una corriente que tiene miles de seguidores en el mundo vitivinícola y no tardó en desembarcar en Argentina: los denominados vinos de garaje. Contrariamente a lo que puede creerse, se trata de un tema serio porque los vinos de garaje vienen marcando el pulso de la vitivinicultura argentina tras el boom de los 90 y 2000, en un período donde las grandes inversiones escasean y en cambio sobra la originalidad y la creatividad. “Me movilizó la idea de hacer algo genuino, vinos que tuvieran un paso por barrica en serio y expresen el terruño que en este caso es el Paraje Altamira. Tenemos la suerte de contar con estos viñedos que tienen entre 25 y 60 años y producen muy poco volumen. Trato de traducir lo que tiene la uva de este lugar, haciendo un vino que sea muy rico para tomar, elegante, y que pueda perdurar a través del tiempo”, explicó Lupiañez durante la visita que realizó recientemente a Rosario para participar de la Wine Evolution, la primera exposición de vinos de terroir del interior del país.

Lupiañez no es enólogo pero conoce la industria del vino desde adentro y posee una trayectoria de más de quince años, donde se desempeñó en emprendimientos de relevancia como Argento y, más recientemente, Tapiz. En tiempos donde la madera parece haber dejado de ser sinónimo de calidad, él defiende su uso, aunque de manera seria y no invasiva. “Lupa tiene entre 20 y 22 meses de barricas, la mitad francesas y la mitad americanas. Cada año uso un treinta por ciento de barricas nuevas y el resto son de segundo, tercero y cuarto uso”, afirmó y reconoció que “no hay mucha comunicación acerca del uso genuino de madera. Cuando se usa de manera genuina, durante 20 meses, como en mi caso, la influencia de la madera en el vino no es tan agresiva como cuando se usan barricas nuevas por menos tiempo”. Sin embargo también “hay que tener en cuenta las características del vino. Si se integra bien con la madera se logra un producto muy rico para tomar y donde la madera no está tan presente”.

Como todo innovador, Lupiañez se traza constantemente nuevos objetivos y en el caso de su malbec, cuya añada 2013 salió hace unos meses al mercado con excelente repercusión, le gustaría que “se transforme en una especie de clásico”. Sería casi una paradoja, ya que nació como un producto que va contra lo establecido en el mundo del vino, como la tradición, el marketing, el culto a los enólogos, los puntajes y el gusto globalizado.

Pasión por el cabernet sauvignon

Lupiañez es un devoto del cabernet sauvignon, al punto que el primer Lupa tuvo un porcentaje de esa cepa en el corte. Durante su paso por Rosario reveló cuáles son sus preferencias a la hora del descorche. “Me gusta mucho el cabernet sauvignon de Carmelo Patti, el merlot que hace Fabián Valenzuela y que apareció hace poco y se llama Las notas de Jean Claude, de bodega Tapiz, y el syrah reserva de Pascual Tosso que me ha alucinado. Básicamente me gusta mucho el cabernet sauvignon y los vinos que se toman fáciles pero tienen personalidad. Lamentablemente, en Paraje Altamira no encuentro buena uva cabernet sauvignon para hacer un vino como me gustaría. De todos modos, la primera añada de Lupa tuvo un pequeño porcentaje de esa cepa proveniente de una finca de Lunlunta que me gusta mucho. A lo mejor en el futuro hago un cabernet sauvignon, aunque por el momento no hay nada en puerta”.

Elegancia de Altamira

El Lupa Malbec 2013 juega indudablemente en primera división, no sólo por su crianza de entre 20 y 22 meses en barricas nuevas y usadas, sino también -y por sobre todo-, por su origen, ya que expresa las cualidades que hacen de Paraje Altamira uno de los terroirs estrella de la vitivinicultura argentina y mundial. De color rojo profundo, casi negro, con reflejos violáceos, posee una nariz destacada con notas a ciruelas pasas, especias y hierbas como el romero, además de todo lo que aporta la madera, vainilla, chocolate, tabaco, manteca, etc.  Sin embargo, su fuerte está en boca, donde a pesar de los meses de añejamiento que hace que sus taninos sean dóciles, revela su singular mineralidad y textura. Lo que vale es el conjunto porque los vinos no se beben por partes y en este caso el resultado es notable: elegancia, complejidad, textura, sedosidad y frescura, cualidades propias de los grandes vinos.

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